Lea si quiere

Turbo. Quisiera entender.

In sociedad on 29/10/2009 at 7:20 pm

Turbo Antioquia:
Es una ciudad ubicada en la subregión Urabá del departamento de Antioquia y capital de esta region Antioqueña, además es Distrito Especial Portuario. Limita al norte con el mar Caribe y el municipio de Necoclí; al este con los municipios de San Pedro de Urabá y Apartadó y con el departamento de Córdoba; al sur con los municipios de Carepa, Chigorodó y Mutatá y al oeste con el departamento del Chocó, un pueblo que ha sido víctima de los abusos de las élites colombianas; que ha sido víctima de la división político-ideológica de quienes se sienten dueños del país. Próspero por sus extensas bananeras, su ganadería, sus conocidísimos latifundistas y sanrienta historia. Amantes del vallenato, de sus raíces afro (81,5% de la población) y de los celulares de última generación.

Llegar aquí es diferente. A solo 45 minutos de Medellín es como llegar a otro país. Si se buscara un término eufemísta y snob para describir lo que se siente en el centro de Turbo sería “Kitsch”, llena de colores, olores, motos, humo, frutas y pescados, además de ruido, gente amable y eufórica… Pero el término me parece feo, siempre me ha parecido horrible, además de impropio y copiado de otras culturas, demasiado alejado de lo que realmente describe lo pintoresco y diverso de nuestras ciudades.

Sinceramente no sabría como describir todo lo que se ve, el calor que se siente, etecé, etecé.. Entender la cultura afro no es sencillo. Yo no me considero una persona racista, pero no puedo dejar de sentirme incómoda; es un choque cultural enorme, y pues por más abierta que una tenga la mente no deja de sentirse tocada todo el tiempo por todo lo que nos diferencia. No exactamente el color, no es la contextura física. Es la configuración cultural, es la forma en la que se relacionan con el foráneo.

Lastimosamente siento que aquí no se interesan por nada, a veces se siente como si la vida les hubiera hecho entender que no hay que interesarse en ella, sino recibir todo con, no sé si resignación, no sé si tranquilidad, no sé nada, solo puedo definir todo como un paréntesis, un inmenso paréntesis donde una persona de una ciudad totalmente acelerada, una jungla de salvajes aprovechadores, con el tiempo contado y reducido permanentemente, caminando apurada todo el tiempo no cabe. A veces me pregunto quién está más equivocado… y realmente no sé nada.(…………)

Sin piso alguno:

Son las 10 de la mañana. El sol es insoportable. No hay nada abierto.

Me acerco a la única tienda abierta en la calle:

-Buenos días que tiene para desayunar?-
– voy a ver- responde la jóven.
-muchas gracias- respondo yo.


– Hay carnes y patacón.
Le pregunto:- ¿Tiene algo caliente?
– No, no hay nada caliente- responde ella así… seco, seco.
– ¿Con qué viene la carne?- continúo.
– con tomate y cebolla- responde moviendo el pie (señal de estar apurado o desesperado).
– Noooo, o sea que con qué resto de cosas viene la carne- le explico.
– AAAAAAA, viene con patacón, arroz, papitas, plátano maduro y ensalada. (Wow que desayuno!).- Se sonríe ella y se va diciendole a la cocinera mi pedido.
– Señorita, ¿Qué cerveza tiene?- le pregunté
– Ninguna- responde nuevamente de manera seca.
– ¿Será que en la tienda del lado podrá conseguirse una por favor?
– voy a ver- responde y sale caminando muy despacio, arrastrando las chanclas.


-No hay-  responde-
-Bueno, muchas gracias- le contesto comiendome los patacones sin nada en el “güarguero” y con ese calor tan tremendo.

La necesidad de conocer a la gente y no quedarme sentada sola toda la tarde en ese calor tan doloroso sin aprender nada me hace querer hablar con ellos …porque me encanta la manera en la que relatan las cosas, y como todo lo pintan con colores muy distintos a la continua fatiga citadina, a la autocondolencia y el estrés del “ciudadano de la ciudad” aunque suene redundante. Me maravillan las historias de estas tierras a las que no venía hace 13 años cuando chiquiticas, mi hermana y yo siempre esperábamos llegar a San Francisco “San Pacho” para cargar agua en baldes, espiar a los extranjeros cuando hablaban en la casa de “Doña Fulvia” y dar largos paseos en la burrita de “Doña Laura”.

Una chica de mi edad pasa, la llamo para preguntarle si le interesa entrar al curso que estamos organizando aquí. Ella me mira con esa típica expresión que no requiere explicación, y sigue su camino sin responderme. Se encuentra con otros coterráneos y comienzan las risas y los saludos afectuosos. Me siento rara. Parte de nada en un mundo pequeñito donde siento que muchos no abren su corazón a los forasteros. No quiero llamarlo discriminación, porque hacer juicios no es saludable,  aunque ya había sentido lo mismo al intentar hacerme un corte en una peluquería “exclusiva” para afroamericanos.

En realidad no sé (…………….).

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